La historia revisada
La Mezquita del río        
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  En época del General citado llegó incluso a realizarse un proyecto de mezquita, presentado por el contratista de obras ejecutor de las del cuartel de la Guardia Civil del Mantelete y de los pabellones militares que más tarde serían transformados en la actual Comandancia General, el malagueño Francisco Orozco.

  El proyecto, que el diario local adjetivaba de “notable”, comprendía, además de la mezquita, un café, una posada y diversas dependencias, además de un enorme patio de más de siete mil metros cuadrados. Su mayor inconveniente era el coste, 120.000 pesetas, que condenaban de antemano al proyecto a ser archivado para siempre, pues se hubiese llevado casi todo el presupuesto del que disponía la Junta de Arbitrios para obras en el ejercicio económico. En algún rincón del archivo de la Comandancia General debe dormir olvidado.
 
Surge la polémica

  En 1906 surge a la luz pública, inducido por el diario “El Telegrama del Rif”, la cuestión de la mezquita, asunto del que se proclama adalid el propio Cándido Lobera, su director y propietario. Al manifestar que mientras las comunidades cristiana y hebrea tenían iglesia y sinagoga, la musulmana carecía de mezquita, planteaba la discusión sobre el tema. La comunidad hebrea disponía de sinagogas de carácter privado; la cristiana de una iglesia en el Pueblo, aunque esta última, además de su lejanía de los barrios exteriores, tenía una capacidad muy reducida, insuficiente para una población, posible practicante, de unas 12.000 almas. En 1900 se habían puesto los cimientos de una nueva iglesia en el llano, sin que las obras adelantaran mucho ni poco, y donde el dinero invertido, de procedencia privada en su mayor parte, era dinero perdido .

  Sin embargo, el Gobernador Militar, general Marina, parece que acogió con interés la propuesta de construcción de una mezquita, con gran alegría de la comunidad musulmana que, según el diario local, manifestaba que esa obra esperada era el mayor favor que podía hacerles el general.

  En octubre de ese año, los tenientes coroneles Centaño y Echagüe, en comisión por el Norte de África, y en una memoria enviada al Ministerio de la Guerra, proponían la construcción, en las plazas de Ceuta y Melilla, o en sus terrenos exteriores, de mezquitas para que los musulmanes “puedan acudir libremente a hacer sus plegarias”.

  En esas mismas fechas, la Asociación Mercantil, entre las propuestas cursadas al Ministerio de Fomento, incluía la construcción de una mezquita, aunque también solicitaba la construcción por parte del Estado de una sinagoga y una iglesia de gran capacidad. En la propuesta de la Asociación iba implícita la polémica, pues igualmente daba a entender que, por dotar de aquellos elementos a las religiones musulmana y hebrea no podía “dejarse indotado el culto católico”.

   Esa era la cuestión básica. Al parecer, la opinión pública de Melilla se dividía en tres grupos. Un grupo, minoritario, radicalmente opuesto a que en la ciudad se construyese una mezquita; otro, igualmente minoritario, que opinaba que la mezquita fuese construida sin más dilaciones, y un tercer grupo, mayoritario, que estaba de acuerdo en que se levantase una mezquita, pero siempre que fuese construida con anterioridad la pospuesta iglesia del llano, cuyas obras, abandonadas, se veían en el lugar donde hoy se halla la iglesia de la plaza de Menéndez Pelayo.

   La obra de la mezquita no encontró dotación económica. Los comerciantes musulmanes aseguraban que ellos “contribuirían de buen grado a los gastos de las obras”, pero su reducido número hacía que su aportación fuera insignificante; solamente podían garantizar el gasto del culto y mantenimiento de la misma una vez terminado el edificio.

   Con estas premisas se renovaría año tras año la cuestión, sin que se adelantara nada en el proyecto. En 1908 se agregaría a la polémica el diario El Correo Español, de Orán, en la pluma de su director, Manuel Cañete, colaboración bien acogida por Cándido Lobera, que volvía a la carga: “Si a los rifeños hambrientos les dimos asilo, justo es que también las ofrezcamos , en nuestra tierra, asilo para sus almas”.

   Criticaba Lobera la decisión tomada muchos años antes, tras hacerse efectiva la ocupación del terreno, de derribar la mezquita del cerro de Santiago, al que llama santuario de Lalla Yenada, y a la que, no se por que razón, consideraba la santa más venerada del Rif. Parece evidente , ahora que tenemos las pruebas documentales, que la permanencia de aquella mezquita hubiese sido, sin duda alguna, una cotidiana fuente de conflictos, además de que su derribo estaba contemplado en los acuerdos con el Majzen marroquí.

  En abril de 1908 el General Marina hizo gestiones en el Ministerio de Estado con el fin de conseguir el crédito necesario para la obra; pensaba que con 30.000 pesetas sería suficiente, pero en Melilla persistía la polémica, estando como estaba, pendiente la obra de la iglesia del llano.

   Lobera, optimista, exultaba de alegría: “Muy pronto, pues, el muecín, desde el minarete de la mezquita, llamará a los fieles a la oración, proclamando a los cuatro vientos que España no es enemiga de la ley musulmana”.
 
 
 
 
 
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